A medida que pasan los meses, las cosas comienzan a torcerse. El ritmo frenético de construcción y explotación de recursos no ha disminuido, y los ecosistemas del nuevo planeta comienzan a mostrar signos de estrés. La biodiversidad local se ve amenazada por la introducción de especies terrestres. Las promesas de coexistencia pacífica con la naturaleza se desvanecen, reemplazadas por el mismo patrón de comportamiento que llevó a la destrucción de la Tierra.
Los líderes del grupo que abogaba por la prudencia intentan detener el daño, pero ya es demasiado tarde. Las decisiones equivocadas se han acumulado, y el planeta, aunque joven y vibrante, no puede soportar la presión de la intervención humana sin consecuencias. Se están cometiendo los mismos errores de nuevo. Las tensiones alcanzan su punto álgido, y los conflictos entre los diferentes grupos se vuelven cada vez más violentos.
El nuevo planeta, que alguna vez representó una esperanza, ahora refleja las mismas sombras que destruyeron la Tierra. Los humanos han tropezado, otra vez, con la misma piedra.